Raza
Continúo siendo un niño: guardo en perfecto estado mis Airgamboys y Madelmanes -los de la segunda etapa de diseño; los originales fueron mutilados durante diversas escaramuzas bélicas auspiciadas por un Estado Mayor de infantes-. De hecho, pongo mi Madelman Sheriff a la venta con todos sus complementos -caballo incluido-: leí en Internet que pagaban una pasta por él.
Ahora me colecciono, sin abrir las cajas -origen de la premisa que llevó a John Lasseter a dirigir la secuela de "Toy story"- los Madelmanes que acompañan, por cuatro eurillos, a El Periódico, restos de serie de una colección que salió dos veces en el quiosco y, por lo que sé, no se llegó a terminar -perseguí al astronauta de 2001 en ambas ocasiones y en las dos me quedé con un palmo de narices; esta tercera oportunidad no creo que sea distinta-. Los miro a través del plástico con inusitado deleite y además de las evocaciones proustianas me viene a la cabeza que tan pelirrojos, con sus ojitos azules, su tez blanca, sus uniformes, sus armas y su aspecto varonil... parecen la quintaesencia del macho ario que patrocinaban los nazis. A pesar de la última reforma, acometida hace menos de un lustro, con sus polis y sus fuerzas de paz, los Madelman, que lo pueden todo, quizás feran un subterfugio del franquismo para procurar una generación racista y militarizada. No lo consiguieron-quizás por el Madelman porteador negro; quizás por la Madelwoman pirata que se pasaron por la piedra todos mis men...
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